¡Al fin me independicé!

Esa fue la frase que brincaba en mi cabeza a los quince años cuando abandoné mi casa para irme a vivir la vida loca, si, no leíste mal, quince años, durante las primeras horas mi felicidad no cabía en mí, pero realmente duró muy poco, a las pocas horas de aquel acto de inmadurez comenzaría a ver las consecuencias de una decisión que cambio completamente el rumbo de mi  vida.

Después de creer que me había liberado del que consideraba para entonces el régimen dictatorial de mi mamá (para terminar descubriendo después que vivía en el propio paraíso), estaba bajo un verdadero régimen que era la dependencia económica y absoluta del padre de mis hijos para ese entonces (los detalles te los daré en otro post).

Sé perfectamente lo que es vivir dependiendo económicamente de un hombre. Y considero que no hay nada más denigrante para una mujer que el yugo económico de una pareja, un trabajo o de lo que sea que te ate y subyugue al nivel de un esclavo, entendiendo por esclavitud la imposibilidad de elegir a plena consciencia tus acciones, y tener que adherirte a la voluntad de otro ser humano que con mucha seguridad terminara ejerciendo dominio sobre ti.

Debido a esa experiencia pasada y al espíritu indomable que tengo, me costó horrores aprender a formar pareja con mi único y actual esposo, he aprendido que la independencia económica es mucho más que una cuestión de honor o subsistencia, se trata de dignidad, fueron años de desespero, en los que todos los esfuerzos por llevar una vida financiera en unidad eran inútiles, estaba agotada de no lograr una cohesión entre ambos.

Cuando yo quería implementar una forma, el no se adaptaba y cuando era el quien lo proponía, afloraban mis pensamientos de revancha y no accedía o lo hacía a medias, hasta que finalmente Dios escucho mis oraciones y las de mucha otra gente que nos quiere, y ese día sin luchas, sin mayor esfuerzo, surgió la forma de libertad que mi espíritu pedía a gritos.

¡Libertad!

Yo siempre he sido una mujer que anhela libertad, lo que no sabía hasta ese momento, era que libertad realmente no se trata de un deseo infantil de hacer “lo que te dé la gana”  la libertad es más bien tener desarrollada la madurez de poner límites a las cosas que no te hacen bien y dar rienda suelta a lo que sí.

Desde ese momento mi esposo y yo vivimos en unidad, para la Gloria de Cristo, no solo llevamos finanzas saludables, sino que se creó un clima de verdadera solidaridad entre nosotros, mi esposo por inspiración divina diseñó un sistema para que ambos podamos estar cómodos, donde ninguno pase por encima del otro, un espacio donde podemos conversar cualquier cosa sin miedo a ser juzgados, un espacio donde sus deseos de estabilidad y espíritu conservador están cubiertos y no contienden con mis libertades administrativas, deseos de expansión y nivel de riesgo.


Un sistema creado a tu medida

Generalmente no me siento cómoda siguiendo las reglas de otros, no nací para ser cola, sino para ser cabeza, por eso muchas veces me cuesta estar dándoles recetas para todo a ustedes, si, una guía nos muestra un norte, pero me inclino más en acompañarles a desarrollar un espíritu crítico en ustedes, me gusta llevarlos a encontrar su propia manera y no estar siempre buscando la manera de como lo hicieron otros. Si bien es verdad que muchas veces el “cómo” nos ayuda, nos da luces, también es cierto que en muchas otras ocasiones crea inseguridad y el mal hábito de estar atentos a ver qué opinan los demás.

Tanto si estás acostumbrada(o) a esperar el cómo, o estás cansada de usar el cómo de otros y deseas diseñar el tuyo propio, en ambos casos he de decirte que existe alguien que jamás se equivoca, y que mucha gente hoy día no lo utiliza como su primer recurso ya que el mal uso de su nombre ha ocasionado que la gente se haya alejado y confíe más en cualquier otra cosa que en Él.

Esta vez el cómo no es de mi autoría, no lo saqué del Blog de un experto, ni de mi diplomado de Coaching Financiero, y sería poco ético de mi parte atribuirme los créditos del método que trajo Plenitud Financiera a mi vida, el método que me dio más que Independencia, me dio algo más, me dio autonomía, la diferencia entre una y otra radica en que ya no actúo desde mis miedos, sino desde el amor, ya no antepongo mis intereses infantiles y por ende ya no reacciono, ahora analizo evalúo y estratégicamente cedo o argumento por el bien de mi familia.

El secreto de nuestra Plenitud no está en el método, sino en el autor del mismo, ahora nuestro matrimonio no es de dos sino de Tres, incluir a Dios en tu vida trae consecuencias inefables, puede lograr mucho más de lo que no logra un Plan perfectamente diseñado por un experto, más de lo que pueden lograr tus hábitos o rituales de abundancia, y como hay cosas que se escapan de las palabras, me despido pidiéndote que te independices.

Independízate de la culpa, de la indecisión, de la costumbre de vivir de forma caótica, del legado de disfuncionalidad, independízate del divorcio, de una relación basada en la apariencia pero internamente destruida, independízate económicamente del deseo infantil de querer tenerlo TODO, siempre, de la actitud de sucumbir a tus deseos en detrimento del bienestar de tu familia.

Independízate de las opiniones que tienen los demás de Dios y forja la tuya basada en tu propia experiencia, independízate de la pobreza, del asistencialismo (vivir esperando la ayuda del gobierno de turno), independízate del no merecimiento, de la creencia de que eres un complemento de tu esposo(a), no eres una fracción, estás entera(o), amate y respétate y podrás conquistar lo que te corresponde.

Si eres de espíritu indomable como yo, te invito a darte el permiso de vivir la verdadera libertad, la libertad de aprender a poner límites amorosamente, la libertad de mantener una mente crítica sin vivir oponiéndote a todo, quien se opone a todo termina no creyendo en nada, la libertad de fluir aun en medio de la confusión, la libertad de renunciar a las emociones desbocadas.

La libertad de dejarte arrullar por los brazos de Papá en la certeza de que pase lo que pase, en sus brazos estarás protegida.

En gratitud, Dayana Piña